No se dio cuenta de que estaba llorando. Las lágrimas
brotaban en sus ojos; marchitas y
desesperadas. Ni siquiera sabía el motivo de su llanto: ¿nostalgia? ¿rabia? ¿hastío?
Quiso gritar pero su voz estaba rota. Además, nadie podía oírle.
Estaba solo. Frente a él varios caminos: la encrucijada se abría paso a través
de su mirada acuosa. ¿Qué haría? Sabía cual debía tomar, pero la sangre latía
furiosa en su pecho.
Un camino llevaba a él; él, que había destrozado su vida,
que la había matado a ella. Su respiración se agitó y cerró los ojos. Deseaba
hacerle daño. La venganza sería su único alivio.
Sin embargo, en el fondo de su ser sabía que era demasiado
tarde. La sangre no iba a cambiar nada de lo que ocurrió. Nada volvería a ser
igual.
Su cuerpo se estremeció, como si unas manos heladas le arrancasen
el alma. ¿Es que no existía justicia en el mundo?
Apretó los puños, dio un paso, luego otro y se aproximó al
sendero que recorrería a partir de ese momento. Recordó las palabras de la
vieja hechicera: “no estarás a salvo jamás mientras albergues rencor en tu
corazón. Solo así podrás liberarte y llegar a ser feliz. Olvida lo que pasó.
Olvídala”
Y haciendo caso omiso de lo que le dictaba el corazón, se
adentró en la espesura.

No hay comentarios:
Publicar un comentario