miércoles, 26 de marzo de 2014

He estado unos días ocupado y ahora me siento como si hubiera pulsado el botón de reset. Acabado el asunto del b2 y los trabajos fin de máster, ya no tengo nada en el tintero. Así que empieza una etapa de nuevos retos y nuevas posibilidades. 

Pero antes de pararme a pensar para descubrir cuál va a ser mi siguiente paso, querría despedirme de alguien. Y el post de hoy va por ella.

No me salen las palabras porque todavía no lo acabo de asimilar. Parece como si no fuera conmigo, pero oculto tras la confusión hay un dolor que no puedo negar. Es triste afrontar la muerte de un ser querido. Y siento que hay una barrera de hielo entre el momento en el que sostuve su frágil mano en el hospital y el momento en que miraba a través de un cristal. Y la veía dormida, fría y extraña. Pero sabía que no estaba dormida, y sabía que lo que veían mis ojos, pronto quedaría sepultado en una prisión de cemento, con un ramo de flores como único carcelero y unos grilletes de vacio y silencio.

No sé si el tiempo echará abajo esa barrera de hielo, o quizá seguirá allí para siempre, protegiéndome del temor a la mortalidad. Y me abruma imaginar lo qué sentía ella mientras sus ojos perdían el color y su sangre el calor, pero no importa, porque, por desgracia, la única certeza que tenemos los seres humanos es que todos afrontaremos ese momento algún día. 

Pero mientras estaba a su lado, al pie de su cama, incluso en aquellos momentos en los que mis manos acariciaban las suyas, entendí aquella frase que asegura que nacemos y morimos solos; porque hasta esas personas afortunadas que tienen una familia que vela por ellas, deben afrontar la aniquilación de un viaje sin retorno y sin compañía. 

Sea como sea, ella no ha sido aniquilada en mi cabeza, porque incluso ahora puedo sonreir reviviendo sus ocurrencias, su espontaneidad y su voz.

Ella creía en el cielo, y si sus creencias no estaban equivocadas, estoy seguro de que está allí feliz, liberada del dolor y del miedo a morir.

Descansa en paz.

 

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