Sam tenía el corazón acongojado, y le parecía que si la separación iba a ser
amarga, más triste aún sería el solitario camino de regreso. Pero mientras aún
seguían allí de pie, y los Elfos ya subían a bordo, y la nave estaba casi
pronta para zarpar, Pippin y Merry llegaron, a galope tendido. Y Pippin reía en
medio de las lágrimas.
-Ya una vez intentaste engañarnos, y te falló, Frodo. Esta vez estuviste a
punto de conseguirlo, pero has fallado de nuevo. Sin embargo, no ha sido Sam
quien te traicionó esta vez, ¡sino el propio Gandalf!
-Sí-dijo Gandalf-porque es mejor que sean tres los que regresen, y no uno
solo. Bien, aquí, queridos amigos, a la orilla del Mar, termina por fin nuestra
comunidad en la Tierra
Media. ¡Id en paz! No os diré: no lloréis; porque no todas
las lágrimas son malas.
Frodo besó entonces a Merry y a Pippin, y por último a Sam, y subió a bordo;
y fueron izadas las velas, y el viento sopló, y la nave se deslizó lentamente a
lo largo del estuario gris; y la luz del frasco de Galadriel que Frodo llevaba
en alto centelleó y se apagó. Y la nave se internó en la Alta Mar rumbo al Oeste.
Pero para Sam la penumbra del atardecer se transformó en oscuridad, mientras
seguía allí en el Puerto; y al mirar el agua gris vio sólo una sombra que
pronto desapareció en el oeste. Hasta entrada la noche se quedó allí, de pie,
sin oír nada más que el suspiro y murmullo de las olas sobre las playas de
la Tierra Media, y aquel sonido le traspasó el corazón. Junto a él,
estaban Merry y Pippin, y no hablaban.
El Señor de los Anillos. J.R.R. Tolkien

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