lunes, 20 de agosto de 2012

Día 16




Su madre le había vuelto a repetir que se comportaba como una zombie, que no podía pasarse el día encerrada en su habitación, que ni siquiera iba al salón a ver la tele. Y no tener ganas de ver la tele es un síntoma preocupante.

Habían pasado muchos días, puede que incluso un par de semanas o tres. Quién sabe, a quién le importa.

Lo único que le apetecía hacer era nada en absoluto excepto escuchar música y rumiar pensamientos, recordar, quedarse en blanco, volver a recordar y sumirse en un profundo pantano de lamentaciones.

 Su pequeño gran logro contra la apatía total consistía en arrastrarse cabizbaja a la mesa a mordisquear el almuerzo y la cena; había desarrollado la habilidad de responder con monosílabos cuando le parecía escuchar su nombre en las conversaciones de su familia. Reaccionaba a ello articulando un “sí” o un “no” de forma indistinta.

Era tal su pesadumbre que no hubiera sido raro que una comitiva solemne hubiera derribado la puerta de su cuarto para coronarla Reina Gris del Corazón Resquebrajado y la Inmensa Desdicha.

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