Todos
tenemos problemas y todos hemos sentido un momento de desahogo de los mismos,
una desconexión momentánea o un instante de comprensión. En ese tiempo sentimos
que las cosas no son tan graves, o puede que tan solo las olvidemos, o quizá
las compartamos y eso haga que el peso se reparta y nos libere de parte de
nuestra carga. Sea como sea, yo lo he sentido y estoy seguro de que vosotros
también. Me gustaría escribir sobre eso.
Vivimos en una época complicada. Tras
unos años de relativa comodidad las cosas empiezan a ponerse turbulentas. No
estoy seguro de si el motivo es un cambio de época a nivel mundial o
simplemente que la vida se vuelve más complicada una vez que se te acaba la
excusa de la primera juventud y comienzas a abrir los ojos, a ver el mundo tal
como es, tal como nos lo presentan en los medios de comunicación y tal como
necesitamos que sea según nuestros intereses: estabilidad económica y encontrar
un lugar que nos pertenezca.
El caso es
que hay una palabra que nos persigue allá donde vayamos. No es otra que
“crisis”. La crisis está en todos lados. La gente pierde su trabajo, se queda
sin hogar, la inmigración se dispara a la par que la insatisfacción. Los
bolsillos están vacíos y eso tiene repercusiones. Es triste ver en muchos
rostros la desesperanza que viene de la mano de la falta de recursos. Hay todo
tipo de problemas, desde los más graves como el hambre, el no saber si se
llegará a fin de mes y la sensación de estancamiento. Y otros que repercuten de
forma sesgada, que merman el sentido del humor de ciertos sectores de la
sociedad. ¿Quién se resigna a apretarse el cinturón cuando llevamos mucho
tiempo acostumbrados a la terapia de la venta al por menor?
La crisis es el marco de nuestra
experiencia actual, lo que no significa que antes de ella todo fuera
maravilloso e impoluto. El dolor es algo que ha acompañado al ser humano desde
que el mundo es mundo, forma parte de nuestra naturaleza y si hay un
sentimiento del que podemos hablar largo y tendido las personas, ese es el
dolor. Sin embargo, estamos llenos de matices y nos adaptamos, nos superamos y
buscamos desesperadamente el equilibrio. Conocemos el sufrimiento pero también
conocemos la alegría. Padecemos la soledad pero también gozamos de la compañía.
Hay pena, desolación, frustración, agonía, aislamiento y desesperación, pero
también existe lo opuesto a todos ellos. Y a lo largo de las generaciones que
han poblado la tierra estos sentimientos han encontrado su representación. Se
manifiestan a través de nuestras manos cuando creamos arte. Los volvemos
inmortales e imperecederos y se quedan pendiendo en el aire, a la espera de ser
utilizados.
¿Nunca has escuchado una canción y
sentido que parece escrita para ti? En algún momento de la historia alguien
sintió lo mismo que tú sientes ahora y esos sentimientos encapsulados en el
espacio y en el tiempo vuelven a ti y consiguen anestesiarte. Pondrás la
canción una y otra vez y aunque estés solo en tu habitación, te sentirás
acompañado, pues tu dolor no es ya un ente solitario. La idea de que sufrieron
lo mismo y tuvieron la fortaleza para componer una canción significa que lo
superaron, al menos lo suficiente para poder escribir sobre ello. Y ese es un
pensamiento cargado de esperanza.
Otra forma de crear lazos de desconexión es el cine. Hay una película de
Tim Burton, Big Fish, que me fascina porque toca un montón de asuntos que
entusiasman, como los flechazos y el amor verdadero y duradero, y otros que
asustan o entristecen como la muerte, el paso del tiempo y el recuerdo que
dejamos y que dejan los que ya no están. Este tema siempre está de actualidad.
El terrorismo, los accidentes de tráfico y los desastres naturales acaban con
la vida de muchas personas. Gente que va a trabajar por la mañana y que ya nunca
volverá a estar con sus familias, ni sus amigos, ni a conocer a nadie nuevo
mientras toman un café despreocupados. Es algo sobre lo que nunca piensas,
nunca te paras a pensar que sales un día de tu casa y ya no vuelves. Se hacen
tantos planes para el futuro y tenemos tantas ilusiones y esperanzas puestas en
el mañana que no sé nos puede ocurrir que todo se acabará al montarnos en un
coche. La vida sigue para los que se quedan, el dolor de las familias debería
mitigarse con el tiempo, porque el mundo gira tan rápido que nadie se puede
permitir el lujo de detenerse y llorar. Al menos no eternamente. Y para los que
vemos las noticias todo queda en un recuerdo, recuerdo triste pero lejano
porque la vida sigue. Tal vez mañana sea nuestro turno o sigamos durante muchos
años con esa sensación permanente de mortalidad. El cine, la literatura, la
pintura y todas las creaciones del hombre están impregnadas del miedo a la
muerte. Ellas lo comparten con nosotros. El arte establece su vínculo una vez
más
Cuando nos sentimos perdidos siempre
podemos recurrir al arte como una vía de escape. Podemos cruzar el puente que
nos une a la realidad que hay detrás de la realidad. Cerrando los ojos y viendo
crecer unas alas en nuestra espalda. Durante un periodo fugaz podemos volar,
podemos parar el tiempo, cerrar las heridas, olvidar. Una amnesia que nos ayuda
a descongestionarnos. El caos, la incertidumbre y el humo negro del tráfico
tiran de la cuerda, nos estiran al máximo. Podríamos llegar a rompernos de
forma irreversible, pero no lo hacemos porque somos capaces de detener todo
aquello que nos sofoca. Hacemos un paréntesis que se convierte en nuestro
refugio. Sentimos que todo va bien o simplemente dejamos de sentir. La cuerda
se destensa lo suficiente para no quebrarse.
Vivir es una actitud y en cualquier situación en la que perdemos las
ganas de mantenerla, hay algo que nos ayuda a escapar. Una catarsis momentánea.
Estamos unidos a una red y en ella tejemos nuestra huella, la compartimos con
los demás. Ya sea dibujando, escribiendo, editando un videoarte o cualquier
otra manifestación artística. Todo forma parte de un sentimiento al alcance de
todos. Una tabla de salvación cuando estamos con el agua al cuello. Un paraguas
que nos resguarda de la lluvia
Los libros que leemos, las películas que vemos en el cine, los
conciertos a los que asistimos, los museos que visitamos, incluso los videos
que buscamos en youtube, todos, al igual que los amigos que nos rodean, nos
influyen sin que apenas podamos darnos cuenta. Estamos hechos de un montón de
impresiones que impactaron en nosotros en algún momento, y cada expresión que
mostramos ha sido precedida por una impresión anterior, que ha germinado en
nuestro inconsciente y ha crecido con libertad propia, salvaje, creando algo
totalmente nuevo pero a la vez influenciado por alguna idea del gigantesco
archivo común que es la cultura. Todos compartimos un mismo aire y, de esa
manera, la mayoría de las veces, no somos tan distantes y desconocidos como
creemos. Ni siquiera dos personas enfrentadas por ideologías opuestas, que
creen odiarse y se jactan de ser de mundos diferentes, pueden realmente
presumir de ello con certeza. Si dejasen a un lado el odio opaco podrían ver
una inmensa sucesión de hilos transparentes pero tangibles, unidos a ellos,
interconectando cada fibra de su ser. Un inconmensurable océano de palabras,
secuencias, estribillos, pinturas y clicks de ratón que nos convierten, aunque
nos neguemos a ello, en compañeros de viaje.
No es difícil conseguir ver realmente a una persona, si miramos
adecuadamente. Podemos conocernos sin tenernos delante. Hay un lugar en el que
nos desnudamos sin ser conscientes de ello. Y lo hacemos porque pensamos que
nadie mira o quizá porque no podríamos no hacerlo a pesar de todos nuestros
esfuerzos. Nos resultaría casi imposible, pues sería ocultarnos de nosotros
mismos. Ese lugar del que hablo se haya en las libretas que llenamos de letras
y frases, en las fotografías que nos gusta hacer, en las notas musicales que
nacen de nosotros y, en definitiva, en todas nuestras formas de expresión
artística, que encierran inevitablemente pedacitos de nuestra alma.
Lo que intento transmitir es la existencia del arte como el más efectivo
canal de comunicación. A través de él somos capaces de ver, escuchar, leer y
sentir, pero también, y ahí radica su poder, podemos hacer sentir a otras
personas. Cuando lanzas tu mensaje al viento, tarde o temprano, aparecerá en el
camino de alguien que, aunque no conozcas, lo estaba necesitando. Es
reconfortante pensar en la interacción que se produce.Pensar en como un
desconocido puede llegar a salvarnos.
Una imagen que entra por nuestras
retinas en un instante preciso crea una avalancha de emociones que nos puede
ayudar a quitarnos la venda de la negatividad, a ver color donde solo veíamos
oscuridad, a esbozar una sonrisa en un rostro que estaba impávido.
Una melodía nos hace vibrar y acabamos disolviendo el agobio y el
agotamiento mediante el sudor que proviene de nuestro baile. Un baile. Una
canción. El tiempo que discurre por otros cauces más limpios, menos saturados
de facturas y plazos de hipotecas.
Somos perseguidos por cientos de
malos presagios. Nuestra cabeza a veces cambia los pájaros por los cuervos. Nos
picotean a conciencia. Su revoloteo acapara el sonido y todo pierde su brillo,
envuelto con un plumaje negro. Pero cualquier pesadumbre tiene un punto débil y
estoy seguro de que si buscas en el cajón de arte adecuado, lo encontrarás

3 comentarios:
Sin saber describir la impresionante carta de hoy, anonadada de la forma de escribir y expresar todo
Y, por encima de la música, están las letras de Marea. Una mezcla de arte + sudoku. XD
:)
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